viernes, 28 de agosto de 2026

Me enamoré de una ola

Si, me enamoré de una ola. Una ola de mar caribe, azul y tibia, aunque por abajo tenía cierta frescura que se notaba al rato de nadar con ella. La empecé a ver un día desde afuera, cuando caminaba por las piedras del malecón. Había cierta diferencia sutil de color y carácter con las otras olas risueñas que rompían sobre la playa y las piedras.

Todo empezó una soleada y tropical tarde cualquiera. Mientras miraba al cielo y contaba las bandadas de pelícanos, comprobando una vez más que viajan por el cielo de a números impares, noté una insistente espuma salpicando las rocas. Diferente a las demás, saltaba entre las piedras asustando a los cangrejos y despegando a los caracoles de sus fortalezas de granito.


De maneras extrañas y a veces insondables, las almas gemelas siempre buscan los caminos del encuentro, así que mi ola caribe y yo pasamos a ser inseparables compañeras de sol y viento. Día tras día, bajando hacia la playa desde temprano, el corazón se me aceleraba al pensar en la frescura de mi encantadora ola, que me esperaba puntual y alborotada, con su penacho de espuma y su frescura de penumbra marina.

No podía esperar para sumergirme y dejarme llevar todo el día en ese vaivén que no pueden reproducir las más sofisticadas máquinas que intentan hacer piscinas de olas. Así que tomé el inesperado regalo de la vida del placer de pasar días completos en el agua, junto a mi ola, aunque los hombros se me llenaron de pecas y los ojos de arrugas de sol. 

Claro que este desparejo romance no era demasiado estrambótico, si se pensaba un poco en la historia de mis poquísimos amores. Entre rarezas, podía mencionar al poeta que insistía en recitarme versos a la luz de una bombilla de un hotelito de mala muerte, o el periodista aquel que casi ni me daba los buenos días, pero dejaba furtivas y apasionadas letras escondidas en las gavetas, o el payaso triste que quería volar a la luna con un paraguas amarillo, o el músico que me abandonó en una mañana soleada de domingo por un estúpido vuelo.

¿Así que qué tenía de particular que el objeto de mi deseo en este caso no fuese humano?


martes, 18 de agosto de 2026

Las hormigas

En las mañanas había tomado la costumbre de levantarme muy temprano y sentarme en una piedra a fumar un cigarrillo tras otro. El primero lo prendía con un encendedor plateado que había sido de Ernesto. Después los iba encendiendo con la colilla del anterior, mientras miraba pasar las hileras de hormigas por el suelo. 


Siempre hubo hormigas en el jardincito de Ramo Verde y el encendedor plateado siempre había reinado en el borde de la ventana de madera, entre una metra descolorida y un carrito de juguete que quizás habría sido de Inti o mío. Si, me gustaba jugar con cochecitos y ponerlos en hileras ordenadas por colores, mucho más que jugar con las barbies del cuarto de Mónica en su casa de El Llanito. 


Pero ahora seguía mirando las hileras caóticas de hormigas que sin embargo lograban seguir unas tras otras y el carrito ya no estaba allí. Cada tres o cuatro hormigas, venía una fortachona llevando un pedacito de hoja o un pétalo rosado. Mientras seguía con la vista el desordenado camino, no lograba entender por qué no se detenían o se tiraban desde el precipicio de una piedra de diez centímetros. 


Viendo las hormigas, pensaba en el caos del Metro de Caracas a las 7 de la mañana en la estación Chacaito. Solo podía ver los pares de pies, o los brazos balanceándose al ritmo de una marcha rápida. Todos sincronizados en el apuro cotidiano de ir y venir, subir, bajar, correr, saltar el torniquete, marcar la tarjeta, entrar en un absurdo recoveco plano y gris a ver pasar las horas del reloj hasta exprimir la última gota de sol.


Las personas eran solo pares de pies o brazos, sin ojos, sin caras. Y las hormigas un pequeño montoncito de patas y cabeza, con una armadura que las defiende del aire y el sol como un escudo insomne. Comprender por qué las hileras de hormigas se mantienen unas tras otras era tan misterioso como la caminata mecánica de las personas caminando apuradas para entrar y salir de los túneles del subterráneo. Tan ajenas como la cara oscura de la luna. Tan secas como las piedras que envejecen en el fondo del desierto. Tan sin sentido como ver la primera plana de un periódico de ayer, rodando por las veredas vacías y solitarias. 


lunes, 23 de marzo de 2020

Historias mínimas del fin del mundo: Pesadilla medieval

Minúsculo, recóndito. Invisible, redondo. Me espera atrás de los besos, de los abrazos, de las manos entrelazadas.

Astronauta en las calles fantasmas, recorro dos cuadras desiertas con el alcohol en gel y los guantes de látex en las manos, preparada para disparar ante un estornudo.

Ciudad distópica como una pesadilla medieval: guarda en sus calles un mínimo no-ser que espera el momento del roce para atacar en silencio.

Llega el otoño y el sol brilla en el cielo más que nunca.


sábado, 14 de marzo de 2020

Historias mínimas del fin del mundo: La ciudad y el gato

Es de tarde. El sol muere en un cielo bajo y el gato blanco asomado en la ventana mira a los ajetreados humanos que suben y bajan por la calle. Algunos lucen barbijos y todos caminan acarreando bolsas y paquetes y evitando miradas y roces accidentales.

Lentamente oscurece el cielo y las inútiles luces artificiales de los teatros y los cafés se desparraman mientras la luna empieza a subir en el cielo y el gato sigue en la ventana, como un antiguo rey egipcio de piedra del desierto.

Los humanos escasean y los pocos que quedan rezagados, van a la carrera con sus bolsas rellenas de provisiones y absurdos objetos. Y entonces empiezan a salir las criaturas. Más allá de la maldición de las interminables noticias que anuncian el fin del mundo, se acerca la hora de la furia y el vino.

Salen de las esquinas de los callejones sin luz, de los zaguanes de los abandonados palacios centenarios, de las escaleras bajo las cúpulas destartaladas de cobre y piedra. Salen entre los hierros de Liverpool de los trenes que llegaron cruzando el océano, brotan entre las estatuas de los jardines escondidos y de las plazas que se desvanecen encerradas entre rejas.

Y el gato ya no está en la ventana.

viernes, 16 de marzo de 2018

Retazo


Esta mariposa multicolor de particular aleteo es una de mis favoritas. De retazos innumerables está hecho el inmenso cobertor que da calidez a mis noches más heladas.

Cada uno tiene su nombre: cayenas en la ventana de Ramo Verde, la ardiente arena de Anare, piedras abajo de las aguas claras de los ríos del Ávila, el sabor de un mango de cualquier calle caraqueña, una dorada y humeante medialuna porteña.

Dice la infaltable Real Academia Española que son “pedazos de cualquier cosa”. Y sí, son miles de “cualquier cosa” unidas por el azar de la memoria.

Así como desde los albores de la humanidad nos cubrimos la piel de las inclemencias del clima con retazos unidos al amor de las agujas, también el alma se calienta con los retazos de recuerdos que componen su particular y mínima historia.




viernes, 9 de marzo de 2018

Ojalá


"Ojalá se te acabe la mirada constante
la palabra precisa, la sonrisa perfecta"

Hace muchísimo tiempo quedé cautivada por la magia de la canción de Silvio “Ojalá”. Los acordes de la guitarra junto a la poesía de la letra me hacían soñar con mundos que ni siquiera se asomaban en el horizonte.

Poco o mucho tiempo después, depende del reloj con el que lo mida, esa misma canción adquirió otro significado, entre el dolor de querer a alguien que se escapa y la tonta ilusión quebrada de que las cosas permanecerían para siempre.     

“Ojalá que la luna pueda salir sin ti”

Y sin embargo, a pesar de las ausencias, la luna sigue saliendo. Aunque "Ojalá" permanece en mi mente, resonando con acordes de trova y con el aroma de las almendras amargas de los amores contrariados, el tiempo sigue pasando sin concesiones.

Así lo entendían los árabes, de donde proviene la palabra ojalá. Su significado, “si Dios quisiera”. Pues así vamos caminando en este valle de lágrimas, expuestos a lo que el destino, el hado o Dios quiera hacer con nuestras frágiles vidas. 




miércoles, 7 de marzo de 2018

Espejismo

Esta mariposa de alas plateadas tiene su origen en la palabra latina “speculum”, espejo. Ese pulido objeto cotidiano que está en cualquier lado. Espejos en el baño, espejos en las escaleras, espejos en los ascensores. Tan cotidianos que ni se les presta atención.

Me pasa muchas veces que me veo en el espejo y descubro que no se quién es la persona que está del otro lado de la brillante superficie. Sonríe si yo sonrío y alza las manos si yo las alzo. ¿Pero soy yo? ¿O es mi propio espejismo el que me devuelve la mirada en una absurda paradoja?

Hurgando en el diccionario de la Real Academia Española, me dice que un espejismo es una  “ilusión óptica debida a la reflexión total de la luz cuando atraviesa capas de aire de densidad distinta, lo cual hace que los objetos lejanos den una imagen más cercana e invertida”.

Así que lo que está muy lejos, lo vemos cerca y además, al revés. Con explicación científica incluida, que habla de densidades y demás, pero que no refleja cuántos espejismos somos capaces de seguir a lo largo de la vida. Ni tampoco dice nada sobre la sensación de tener algo tan próximo, tan próximo, que cuando casi lo rozas con la punta de los dedos, se desvanece… como un espejismo.

lunes, 5 de marzo de 2018

Efímero


Es efímero lo que dura un día. Nostálgica es esta mariposa, cuya breve vida transcurre entre apenas un par de cientos de aleteos y al anochecer se desvanece tal como si nunca hubiese existido.

Los antiguos griegos usaron el término para designar lo que dura durante “la luz de un día”. Y hasta nuestros tiempos, lo usamos para designar algo que dura muy poco. Tal cual la vida.

Cuando cierro los ojos y hurgo en mi memoria, los recuerdos acuden entre los hilos de un sueño. Tan sutiles y tan breves, que los años se convierten en aleteos que susurran y desaparecen en un abrir y cerrar de ojos. Tan increíblemente sutiles que ni siquiera logro discernir qué tan reales son.

Precisamente en esa búsqueda de correr en contra de lo efímero de nuestro tiempo, la humanidad ha intentado desde sus albores perdurar más allá de los días que le toca vivir. Algunos lograron huellas que nos hablan de sus vidas a través de las brumas de los tiempos, vidas tan parecidas a las nuestras que asombra asomarse a ellas a través de la distancia de milenios. 

Tal como nuestros desconocidos antepasados dejaron sus marcas en piedras y cuevas milenarias, así hoy en día la humanidad sigue marcando sus efímeras improntas, soñando en que alguna mirada se asombrará ante ellas desde el improbable futuro que se abalanza sobre el tiempo.
 

miércoles, 21 de febrero de 2018

Aciago



¿Será esta mariposa la indicada para inaugurar estas breves líneas? No lo sé, pero allá voy. Mi oscura mariposa de hoy aparece en el español antiguo desde los tiempos en que Miguel de Cervantes, allá en su lejana celda, redactaba las desventuras del Quijote de la Mancha.

Aciago fue para Sancho Panza el día que Don Quijote decidió partir. Pero lo que para uno es aciago, quizás para otro es venturoso y feliz, así de dispares y múltiples son los caminos de hombres y mujeres en este mundo.

Para mi es aciago febrero. Febrero me suena a despedidas, a lágrimas amargas y salobres, a viajes sin retorno. Febrero de mis desventuras, aciago febrero. Un día de febrero fue el más aciago de mis días. Sin embargo, y contra todo pronóstico, he sobrevivido a diez aciagos febreros.

Aquí estoy, desde esta orilla, con mi mariposa que hoy tiene un triste brillo. No olvido el amargo y aciago febrero, pero su sabor se tiñe y transforma con rayos de sol, saladas olas de mar y helados vientos de río.

Febrero 2018



martes, 20 de febrero de 2018

Palabras

Son miles de frágiles mariposas que aletean dentro de mi cabeza cada mañana al despertar. Algunas tienen un fulgor especial que las destaca y otras brillan oscuramente, dejando un sabor amargo y dulce a la vez.

Con un ademán, las disperso sin quejas y desaparecen por breves instantes (o quizás solo se esconden). Un cálido rayo de sol se filtra entre las cortinas: vuelven las mariposas con sus aleteos. Efímero, dorado, inefable, esplendoroso, iridiscente, melancólico, jubiloso, nostalgia, olvido... 

Límites
 Un filósofo dijo un día que los límites de las palabras son los límites de nuestro mundo. Entonces el mundo es tan largo y ancho como a donde puedan llegar mis mariposas.

 Les prometo entonces que las dejaré vagar al azar, sin condiciones. Y además, cada día una tendrá el puesto de honor con todos sus brillos y oscuridades.

viernes, 17 de febrero de 2017

De globos y cielos

Un día de febrero Ariel tenia un globo de colores en la mano. Sin previo aviso, lo soltó y el globo salió volando por los aires hasta convertirse en una manchita lejana en el cielo despejado. Él miró a su globo irse entre las pocas nubes de ese día y lloró amargamente. Intenté razonar con él "¿para qué lo soltaste, si después ibas a llorar?"

 Sin darnos cuenta y sin saber, unas pocas horas más tarde tuvimos que soltar algo muchísimo más amado que un simple globo, sin más opción que ver cómo se alejaba del mundo terreno. Pues así como el globo, encontramos en el camino de este mundo de la ilusión, a seres luminosos y livianos que nos acompañan un rato pero están destinados a otros cielos y parten prematuramente.

 Podemos sacar cuentas y protestar, dedicarnos a la resignación y a la aceptación, enojarnos y en el medio de un acceso de rebeldía inútil, "escupir al cielo", diría mi abuelita... y nada de eso cambiará lo transitorio de este mundo. Y nada tampoco impedirá que al final, todos los globos intenten volar a cielos más amables.

viernes, 3 de febrero de 2017

Pato al vino

Un día de cumpleaños de nuestro querido más que amigo, hermano de la vida, Lanz, nos agarró en el medio de una sequía económica y sin víveres en la nevera. Animosa como siempre, yo había decidido ya que un cumpleaños, que es una sola vez al año, tiene que tener algún detalle que lo haga diferente. 

Como no estaba para fantasías el bolsillo (a pesar de los anaqueles llenos en el supermercado, nuestro presupuesto daba apenas para lo necesario), empecé a buscar tal cual Malú en El Manual del Pelabola. El resultado fue... apenas una torre de panquecas que logré disfrazar de torta de cumpleaños.

 Pero seguimos mirando para los lados, y de tanto afán se nos prendió la lamparita: mi suegro venia criando dos patos en un corralito improvisado que tenía en el patio de su casa. Alan sufría porque cuando el abuelo se iba de viaje, él era el comisionado para alimentar y limpiar a los dichosos patos. 

Así que muy entusiasmados, le íbamos a dar un beneficio a los patos y a relevar a Alan de su cargo y ya hasta teníamos pensado el aderezo: media botella de vino tinto guardada quién sabe por qué misterios en el fondo de la despensa. Hasta ahí todo bien.

Ya los inocentes patos estaban a punto de pasar a mejor vida, cuando nos interrumpió un llanto desconsolado. Yo no entendía nada, pero era mi suegro que en ese momento decidió ponerse sentimental y a llorar pensando en los pobres patitos que hasta había visto salir del cascarón.

 Y, llorando y con la voz quebrada, nos decía que cómo era posible que fuéramos a degollar a los patos nada más que por un banal cumpleaños. En fin que los patos, al menos ese día, se salvaron de la degollina. Y nosotros celebramos con media botella de vino tinto.

miércoles, 13 de abril de 2016

La maleta de Julia

Cuando Julia pasaba por nuestra casa de Caracas, antes o después de recorrer los más insólitos y dispares destinos del mundo, yo esperaba especialmente que abriera su maleta.

 Pero no porque desease recibir algún objeto particular, sino sólo con el fin de aspirar el particular y familiar olor que salía de ella. Una mezcla de perfume francés, cuero argentino, un poquito de olor a tabaco dulzón y el especial olor personal de mi tía.

 Esta diferente e irrepetible suma olfativa siempre estaba asociada a unas cuantas cosas agradables, por ejemplo, el que mi mamá se esmerara en la cocina y preparase los más deliciosos platos. Y también a largas sobremesas con mucha conversa sabrosa. O sin lugar a dudas, también los exóticos paisajes y personas que describía mi tía Julia.

 Y lo más importante, traía siempre, a veces escondido, a veces revoloteando entre los pliegues de su encantadora ropa, a veces dentro del plateado envoltorio de un alfajor Havanna, un pedacito de Argentina y al llegar a nuestra casa de desarraigados me hacía recordar que siempre había alguien a seis mil kilómetros esperándome.

lunes, 25 de enero de 2016

En Anare

Fue casi increíble volver al familiar Anare y no encontrarte en la terraza de Annabella, escudriñando las olas revueltas del playón, a ver si podías usar la tabla al menos un rato. Insólito no verte en cada esquina polvorienta de la plaza, hablando con cualquiera y caminando descalzo por las calles.

Alguna vez te dije que el deporte local de los anareños era romper botellas en las noches, pero nunca me hiciste caso. Soltabas los zapatos al cruzar la primera esquina del pueblo. Y Alan y Ariel, idénticos a ti, caminaron sin zapatos todo el rato, a pesar de los trozos de vidrio, la arena caliente y el cemento seco. Pero te juro que esta vez no les dije nada, porque creo que al poner la planta de los pies en el suelo guaireño, te recordaron con un poquito más de cariño y menos amargura

Alguna que otra casa derruida por el salitre fue la prueba contundente para saber que el tiempo pasó en verdad y no nos pidió permiso. Pero igual, me senté en la orilla del mar, llena de piedrecitas. Me pregunté (que ingenua al esperar respuesta) si habían pasado horas, días o años desde la última vez que caminamos por esa orilla. Nadie me supo responder.

Ni siquiera las bandadas de pelicanos que volaban en números pares, acompasando a idéntico ritmo el batido de sus alas. Tampoco las olas, insensibles en su vaivén, golpeando una y otra vez la orilla con más o menos furia. La piedra del francés, indómita y oscura, con su minúscula playita y sus cavernas rocosas cubiertas de espuma, tampoco me dijo nada.

Quien sabe hace cuanto tiempo que el Francés no ha vuelto a lanzar el anzuelo desde la agreste roca. Su recuerdo se desvanece como la espuma bajo la brillante luz caribe.

 De vuelta al pueblo, en la esquina de la capilla, salió el Diablo Rojo, Javier, caminando también descalzo, la piel curtida de tantos soles, con el rojizo cabello un poquito más apagado y con alguna que otra cana. Querida presencia anareña!

Debo decirte que, después de hablar con él un rato, perdí la compostura cuando me dijo "sólo falta Ernesto, que siga volando". Pero en seguida me di cuenta que estaba bien. Que aunque no te vea, no significa que no estés. Que aunque la carne, la sangre, la piel que nos envuelve parezcan lo único real a veces, es en lo más mínimo y en lo más inesperado que nos acompañas siempre.

martes, 25 de junio de 2013

San Juan

Con precisión de entomóloga observo un ritual del día de San Juan. Una noche de cantos de grillos, temperatura perfecta entre el fresco de la noche entibiado por el calor del día y una brillante y redonda luna blanca en un cielo despejado.

Los tambores resuenan entre el humo de los tabacos y los cantos que se entonan en la noche son los mismos que escuchó este continente con las primeras oleadas de la dolorosa inmigración africana. Y entonces parece que los mismos espíritus de la tierra y del agua son los que danzan sueltos.

Mi otro yo me dice que están debajo de las piedra, atrás de los árboles, chapoteando en el agua de los pozos encantados. Y entonces, una vez más, quiero creer. Porque creer en algo es un asunto de supervivencia en este mundo muchas veces cruel. Tratar de entender esta extraña tierra, este andar por caminos tantas veces sin sentido, subir y después bajar porque así dicen que debes vivir.

Digo mundo cruel, porque como seres vivos nos pasamos la vida en la estéril lucha sin sentido contra el desenlace final de la muerte y desintegración de nuestra esencia. Así, creer en algo más, que algo más somos que este montón de huesos, piel, carne y sangre que corre alborotada o lenta por nuestras venas, corazón bombeando aire, aire entrando y saliendo de los pulmones, es creer que nuestra esencia va más allá, y que llegará el día en que todo cobrará un sentido insospechado ante nuestros ojos asombrados.

Día del Padre

Una mañana de domingo. Lluviosa. La brisa fría de los altos mirandinos sobre la piel. Una visita desacostumbrada: un cementerio. Muchas personas entrando a hacerle una breve visita a sus deudos aunque sea una vez, de vez en cuando y de cuando en vez.

Este cementerio es la viva imagen de Los Teques: crecimiento sin mayor planificación, las tumbas están una al lado de la otra como si las hubiesen puesto tal como iban llegando. Así, sin espacio aparente para un camino entre tumba y tumba, vamos saltando sobre el mármol, el granito y la piedra de lápidas y placas olvidadas desde hace mucho, a veces desde principios del siglo pasado y más.

Los nombres que ya no aparecen en el Registro Civil me hacen dar un salto en el tiempo, e imaginarme caminando al lado de Nicanor y Josefa, quienes según su epitafio, fueron felices hasta que la muerte los separó. Pienso en esta antigua pareja con un sabor agridulce en la boca y un poco de arena en los ojos. Pienso en sus vidas cotidianas, que vivieron hace tanto tiempo.

¿Lograrían contar con su pedacito del paraíso perdido? ¿O sencillamente se consumieron en su diminuta parcelita del infierno? Y entonces pienso en los afanes, en las penas que nos consumen las horas, en las alegrías que nos deslumbran por segundos, en la vida que se nos escurre como agua entre los dedos en acciones sin sentido.

Respiro y vuelve el sol. Seguimos dando vueltas, buscando una tumba sin epitafio, con una antigua cruz negra olvidada. Y el sol, siempre el sol, calienta aún hasta los huesos, aún hasta a quien ya no tiene nombre ni está ahí.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Una medialuna

Esta mañana en una calle cualquiera del centro de Caracas, atrás de un mostrador, vi un ejemplo de un perfecto croissant: dorado, tibio aún del horno, en forma de medialuna en miniatura. No tuve más remedio, faltando a mi costumbre de consumir sólo frutas hasta el mediodía, de caer en la tentación y comprarlo.

Pero si es necesario que diga en estas cortas líneas al menos parte de la verdad, entonces debo señalar que no fue la gula criminal mi motivación principal en este súbito arrebato. De hecho, de mis recuerdos salió en ese momento otra dorada medialuna, esta vez en otra calle cualquiera de una otoñal Buenos Aires junto a mi abuela.

Suele la memoria tenderme estas trampas y pillarme corriendo en algunos que otros accesos momentáneos, en una imposible búsqueda proustiana de tiempos que están perdidos aún antes de empezar. Y sin embargo, no decaigo en mi empeño de atesorar estos mínimos talismanes gustativos secretos, para los días en los que hasta el sol parece que no quiere terminar de brillar.

Es por eso que escondo bajo llave en mi alacena un frasco de orégano del sur, y lo uso como si fuera oro en polvo. Cada vez que destapo el frasco, aparece mi familia de aquellos lados, sentados alrededor de una mesa, como un recuerdo feliz.

Y una hoja de albahaca cuelga de la ventana de la cocina, como un pequeño baluarte de los días en que era imposible pasar un domingo sin pesto. Y por la misma razón fútil es que hay cosas que ya no puedo volver a cocinar, porque nada más el recuerdo de algunos aromas es sabor a ausencia y al irremediable olvido al que nos condena la brevedad de esta vida.

jueves, 9 de agosto de 2012

Arpa, cuatro y maracas

Siempre detesté la música llanera. Esa combinación entre la trilogía del arpa, el cuatro y las maracas, unida a la vocecita, generalmente nasal, como de una nariz tapada con una pinza de madera para guindar ropa, que poseen la mayoría de los cantantes que se dedican al género, me parecía la peor combinación posible musicalmente hablando.

Sin embargo, un día cualquiera de mis andanzas por el interior de Venezuela, el azar me llevó a una casa en el medio de la nada, que en el patio tenía como un monstruo mitológico un arpa gigantesca. Hasta el momento, mi idea de ese instrumento no pasaba de un juguete en manos de algún angelito renacentista.

Pero esta era realmente “el arpa”. Inmensa, solitaria, desproporcionada, más alta que yo (que no es mucho decir), parecía un ser absolutamente fuera del tiempo y del espacio, casi un extraterrestre con tantas cuerditas aparentemente sin sentido y sostenidas con un súper armazón de madera ya un poco desgastada.

En fin, que al rato llegó el correspondiente músico ejecutante. ¡Susto!, me dije entre dientes. Ahora ¿quién podrá defenderme de un concierto completo del consabido género? Ni el chapulín colorado, pues. Pero, resignación, me dispuse a aguantar con la cortesía correspondiente a una chica educada en un colegio de monjas y bajo la égida decimonónica del manual de Carreño.

Pero, y aquí lo insólito, los sonidos que el arpista le sacaba al instrumento me parecieron lo más armónico y acorde posible que se podía escuchar en ese momento y en ese lugar, tan armónicos y adecuados como la viola de Vidalina tocando una pieza de Bach en su casa de la montaña.

Los sones del arpa, el rasgueo del cuatro, las maracas y hasta la voz del cantante, todo tenía un sentido diferente bajo el cielo estrellado del llano, con ese calor que brota del piso aún en la mitad de la noche, después de un día entero de sol ardiente.

Tiempo después, en las calles de mi querida isla de Margarita, otra vez por las jugadas del azar, caminando por una Porlamar que ya casi no tenía espacio entre tanta tienda y hotel, en una callecita cualquiera, me topé con un grupito de personas con algunos instrumentos en las manos.

Se desarrollaba un “duelo” de contrapunteo, al estilo de “Florentino y el Diablo”, del cual yo apenas tenía la noticia de una ficha bibliográfica de segundo año de bachillerato. Ese fue el golpe de gracia contra mis reticencias ante la música del llano: la agudeza, el ingenio y la rapidez que demostraban esos músicos, a la hora de armar las décimas, no tenía nada que envidiarle a cualquier canon compuesto por algún insigne clásico.

Quizás todo es una cuestión de estar en el tiempo y el lugar correcto, un asunto de que lo que creemos azar es solamente una mínima parte de la sincronía del universo que nos lleva de la mano, queramos o no, para que una y otra vez saltemos sobre nuestras creencias y caminemos despiertos por el mundo.

viernes, 13 de julio de 2012

Mariposas amarillas

Hoy las mariposas amarillas revolotean en mi mente, junto con el sabor de los amores prohibidos y el aroma de las almendras amargas de los suicidas tristes de Macondo.

Pienso en las calles llenas de almendros polvorientos y en la vírgenes extraterrenas que ascienden volando a los cielos, entre la ropa recién lavada, imágenes creadas por la imaginación prodigiosa del Gabo, que permanecen intactas en mi memoria, tal como me las regaló en un fin de semana de mi adolescencia las páginas de Cien años de soledad.

Y hoy, vuelven con más fuerza a mi cabeza, porque una vez más, tengo noticias del frágil equilibrio de la mente humana. Un trauma, una pérdida, una leve variación en los elementos químicos que componen la maraña cerebral, o simplemente el pasar de los años, son cosas que bastan para que seamos susceptibles a perdernos en el laberinto caótico de nuestros pensamientos.

Es así que insensiblemente, sin darse cuenta, es posible perder contacto poco a poco o de una sola vez, con el mundo cotidiano, el de todos los días, aquel que generalmente solemos llamar real.

En alguna oportunidad, quizás un tanto ligeramente, he afirmado que sería mejor vivir en la feliz ignorancia que estar siempre con la mente despierta, con los sentidos abiertos. Es atractivo para mi pensar en volver a la infancia, a una suerte de paraíso perdido donde los pensamientos no sean fuente de tortura.

Sin embargo, mi corazón se llena de angustia al pensar, al imaginarme un día en el que ya no quiera seguir esforzándome por mantener tensos los hilos que mantienen mis pies firmes sobre la tierra.

viernes, 22 de junio de 2012

Caracoles y cambios

Esta mañana me desperté pensando en caracoles. Nada de Sabina, Cerati, Serrat, ni siquiera mi eterno bienamado Fito resonando como de costumbre dentro de mi cabeza.

Solamente caracoles de mar, diminutos, frágiles y perfectos. Las playas de mi infancia, pobladas de estos vacíos caparazones marinos, me regalaban cada día una forma más hermosa que la otra.

Los favoritos de siempre eran los husos (según internet, se llaman “turbonilla lactea”), de unos cinco o seis milímetros de largo, con su mínimo interior pulido y brillante como una imaginaria casa de invisibles duendes marinos.

Otro motivo de perpetuo asombro, aún en estos días, es contemplar como la muerte de un erizo de mar puede transformarlo en una delicada filigrana blanca, digna de la envidia de cualquier orfebre. Todo el peligroso aspecto del erizo, lleno de pinchos, convertido insólitamente en un milimétrico esqueleto que la más pequeña ola convertirá en migajas.

Este exuberante derroche de formas y colores que la más insignificante de las playas de las costas caribes obsequian hora tras hora, día tras día, es mecido al compás de las mareas y los vientos, arrojado a la costa y devuelto al fondo marino una y otra vez.

Sin suerte, el más perfecto de todos los caracoles, será pisoteado sin compasión por las sandalias desprevenidas de cualquier bañista que se pasee por el borde de la costa. Pero con suerte, igualmente el ciclo de los cambios ha comenzado. Aunque quizás sea mejor desintegrarse al ritmo de las mareas que con un pisotón.