martes, 18 de agosto de 2026

Las hormigas

En las mañanas había tomado la costumbre de levantarme muy temprano y sentarme en una piedra a fumar un cigarrillo tras otro. El primero lo prendía con un encendedor plateado que había sido de Ernesto. Después los iba encendiendo con la colilla del anterior, mientras miraba pasar las hileras de hormigas por el suelo. 


Siempre hubo hormigas en el jardincito de Ramo Verde y el encendedor plateado siempre había reinado en el borde de la ventana de madera, entre una metra descolorida y un carrito de juguete que quizás habría sido de Inti o mío. Si, me gustaba jugar con cochecitos y ponerlos en hileras ordenadas por colores, mucho más que jugar con las barbies del cuarto de Mónica en su casa de El Llanito. 


Pero ahora seguía mirando las hileras caóticas de hormigas que sin embargo lograban seguir unas tras otras y el carrito ya no estaba allí. Cada tres o cuatro hormigas, venía una fortachona llevando un pedacito de hoja o un pétalo rosado. Mientras seguía con la vista el desordenado camino, no lograba entender por qué no se detenían o se tiraban desde el precipicio de una piedra de diez centímetros. 


Viendo las hormigas, pensaba en el caos del Metro de Caracas a las 7 de la mañana en la estación Chacaito. Solo podía ver los pares de pies, o los brazos balanceándose al ritmo de una marcha rápida. Todos sincronizados en el apuro cotidiano de ir y venir, subir, bajar, correr, saltar el torniquete, marcar la tarjeta, entrar en un absurdo recoveco plano y gris a ver pasar las horas del reloj hasta exprimir la última gota de sol.


Las personas eran solo pares de pies o brazos, sin ojos, sin caras. Y las hormigas un pequeño montoncito de patas y cabeza, con una armadura que las defiende del aire y el sol como un escudo insomne. Comprender por qué las hileras de hormigas se mantienen unas tras otras era tan misterioso como la caminata mecánica de las personas caminando apuradas para entrar y salir de los túneles del subterráneo. Tan ajenas como la cara oscura de la luna. Tan secas como las piedras que envejecen en el fondo del desierto. Tan sin sentido como ver la primera plana de un periódico de ayer, rodando por las veredas vacías y solitarias.