viernes, 28 de agosto de 2026

Me enamoré de una ola

Si, me enamoré de una ola. Una ola de mar caribe, azul y tibia, aunque por abajo tenía cierta frescura que se notaba al rato de nadar con ella. La empecé a ver un día desde afuera, cuando caminaba por las piedras del malecón. Había cierta diferencia sutil de color y carácter con las otras olas risueñas que rompían sobre la playa y las piedras.

Todo empezó una soleada y tropical tarde cualquiera. Mientras miraba al cielo y contaba las bandadas de pelícanos, comprobando una vez más que viajan por el cielo de a números impares, noté una insistente espuma salpicando las rocas. Diferente a las demás, saltaba entre las piedras asustando a los cangrejos y despegando a los caracoles de sus fortalezas de granito.


De maneras extrañas y a veces insondables, las almas gemelas siempre buscan los caminos del encuentro, así que mi ola caribe y yo pasamos a ser inseparables compañeras de sol y viento. Día tras día, bajando hacia la playa desde temprano, el corazón se me aceleraba al pensar en la frescura de mi encantadora ola, que me esperaba puntual y alborotada, con su penacho de espuma y su frescura de penumbra marina.

No podía esperar para sumergirme y dejarme llevar todo el día en ese vaivén que no pueden reproducir las más sofisticadas máquinas que intentan hacer piscinas de olas. Así que tomé el inesperado regalo de la vida del placer de pasar días completos en el agua, junto a mi ola, aunque los hombros se me llenaron de pecas y los ojos de arrugas de sol. 

Claro que este desparejo romance no era demasiado estrambótico, si se pensaba un poco en la historia de mis poquísimos amores. Entre rarezas, podía mencionar al poeta que insistía en recitarme versos a la luz de una bombilla de un hotelito de mala muerte, o el periodista aquel que casi ni me daba los buenos días, pero dejaba furtivas y apasionadas letras escondidas en las gavetas, o el payaso triste que quería volar a la luna con un paraguas amarillo, o el músico que me abandonó en una mañana soleada de domingo por un estúpido vuelo.

¿Así que qué tenía de particular que el objeto de mi deseo en este caso no fuese del todo humano?


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